Identidades de mujeres
      es un artículo de Rosa Andrew incluido en el libro EUSKAL BORROKA FEMINISTA aurrera!!
      publicado por Egizan en 1999, pp.13-37.


      IDENTIDADES DE MUJERES

      INTERPRETACIONES FEMINISTAS DE LA RELACION ENTRE LOS SEXOS

      El cuestionamiento del tipo de relaciones sociales entre los sexos por el que apostaba una sociedad que se lanzó a la industrialización, bajo un sistema de producción cuyo objetivo es el mayor beneficio económico en el menor tiempo posible, ha sido permanente, pero sus formulaciones diferentes, y también el tipo de estrategias que las feministas han adoptado para llevar a cabo el objetivo de la liberación de la mujer.

      La implantación del capitalismo trae consecuencias importantes en la situación de la mujer, la separación radical de lo productivo y no productivo, de lo público y lo doméstico, marca una segregación de funciones sociales adjudicadas en base al sexo. De esta manera, mientras el hombre se convierte en el sujeto social por excelencia, en el sujeto productivo, tanto como propietario, empresario, o como fuerza de trabajo que tiene un precio, la mujer seguirá arrastrando las tareas que venía desarrollando en el precapitalismo, será la reproductora, su fuerza de trabajo en lo doméstico no tendrá reconocimiento social alguno, y no se verá traducida en dinero.

      La familia será el centro, la célula de la sociedad, supeditada a las exigencias de la producción, compensadora de las insatisfacciones que el hombre puede sufrir en lo público, garantía de estabilidad social, de continuidad en las nuevas generaciones. Es aquí donde se sitúa a la mujer, su definición social como "sujeto", su única posibilidad de identidad social. Pero es evidente que la familia se ha ido adaptando en la medida en que muchas de las funciones que realizaba han sido asumidas por otras instituciones, y que las tareas productivas de las mujeres se han ido adecuando a las nuevas situaciones.

      Han sido los cambios en la situación de la mujer, los que han dado la oportunidad de que emergieran planteamientos feministas que cuestionaban el tipo de relaciones entre los sexos que exigía el desarrollo capitalista. La profundidad de los análisis feministas de principios de siglo, pero sobre todo el despegue de las ideas y organizaciones feministas en los países anglosajones y Francia en los 60 y 70, tendrá una repercusión decisiva en la configuración del feminismo contemporáneo y del movimiento feminista en el estado español y en Hego Euskal Herria, aunque con cierto "retraso" y con las peculiaridades que aquí marca la situación económica, política e ideológica.

      El surgimiento del feminismo en Europa como propuesta de alteración de las relaciones sociales dominantes entre los sexos, y como práctica política, como movimiento social, parece estar relacionado con las consecuencias de la Revolución francesa.

      "Es entonces cuando empieza a plantearse en toda su profundidad la cuestión de la liberación de la mujer. (...) Por esta época se produce también un acontecimiento extraordinariamente importante y decisivo. Con la Revolución industrial y el maquinismo, se produce la incorporación de la mujer al mundo del trabajo. Este proletariado femenino tendrá una importancia decisiva en el futuro.

      La gran explotación que comienzan a sufrir las mujeres y su inhumana situación en las fábricas sitúan la lucha por la liberación de la mujer en el eje central de la polémica social y de la lucha política. (...) Las reivindicaciones en favor de la mujer trabajadora se unen a las del resto del movimiento obrero. Se produce así una alianza histórica entre el feminismo, entendido en su sentido amplio, y el movimiento obrero de orientación socialista. (...) El voto femenino será una batalla posterior. (...) En España ciertamente no cabe hablar en el siglo XIX de movimiento feminista, aunque sí de feminismo. La falta de una organización específica de las mujeres fue solamente compensada con las aportaciones de figuras individuales. (...) Hasta últimos del siglo y primeros del siglo XX no cabe hablar en España de movimiento feminista." (VVAA, 1980)

      En esta época nos encontramos con nombres como Flora Tristán, Concepción Arenal, María Espinosa, Margarita Nelken, que son reconocidas como las pioneras del feminismo a nivel estatal. Es interesante ver en estas autoras, no solo cómo interpretan la situación de la mujer en ese momento y las carencias a las que se enfrenta, sino cómo ven la situación del movimiento feminista a nivel internacional, el retraso en su desarrollo en el estado español en comparación con el que tenía en Francia e Inglaterra.

      Margarita Nelken en "La condición social de la mujer en España" (1919), nos presenta como una de las causas del escaso desarrollo de feminismo en el estado español, ("el verdadero feminismo, el feminismo que pudiera decirse de carácter universal, existe apenas en España, a pesar de los movimientos colocados bajo su bandera"), el tipo de sociedad en el que viven las mujeres, una sociedad que según ella conserva reminiscencias moras, y cuenta con una Iglesia estrecha y terrorífica, que han hecho que la mujer no supiese nada, no se enterase de nada. Por otro lado, señala que la mayoría de las mujeres de la época son antifeministas, es decir, se asustan de la libertad que acarrea la emancipación de la mujer, creen que las deja sin el amparo de nadie, y ante el anuncio de la emancipación de la mujer lloran por su esclavitud perdida.

      La relación entre el feminismo y la irrupción de la mujer al trabajo asalariado, es un elemento que resaltan estas autoras, lo que a veces les lleva a reclamar la importancia que tiene la lucha por conseguir un justo reconocimiento de la personalidad jurídica de las mujeres, además de la reivindicación de la mejora en las condiciones de trabajo. Pero el posicionamiento de algunas de ellas es muy claro. La propia Margarita explicita de la siguiente manera su concepción feminista:

      "...dejemos a un lado los gritos histéricos de algunas mujeres que por feminismo entienden tan sólo separación del hombre...

      Si España no se compusiese más que de mujeres ricas, no tendríamos seguramente, feminismo.(...) Felizmente para el progreso de España, la necesidad de ganarse la vida crece cada día entre las mujeres: ya no es sólo la artesana la que necesita transformarse en obrera; la vida moderna, más brutal y más amplia, exige el esfuerzo de todos, y quien no tiene rentas, sea hombre o mujer, ha de ganarse forzosamente el sustento. (...) La imperiosa necesidad del pan de cada día va extendiendo por toda España la dignidad (nueva para la mujer) del ser que se basta a sí mismo. Y nuestra lucha feminista es, ante todo, una cuestión económica de una terrible precisión (...)

      El feminismo es, pues, en España, cosa de las trabajadoras; de la clase media y de la clase obrera. (...)

      Y por eso puede abrigarse toda esperanza en el movimiento feminista español, ya que éste, habiendo nacido por imperio de una cuestión económica, tiene fatalmente que ir reconociendo lo indisoluble de esta cuestión con relación a los demás aspectos del feminismo." (Margarita Nelken, 1919).

      La forma que tiene de ver las diferencias sociales entre las mujeres, y sus implicaciones en la lucha feminista, aunque puede ser una cuestión importante del planteamiento feminista de principios de siglo, no llega a tener un carácter fundamental hasta los 60-70, momento en que la cuestión económica y "cultural" o "nacional" son los ejes de interpretación de esas diferencias.

      Antes de avanzar tan bruscamente en la historia, veamos un poco más detenidamente cuáles eran las consecuencias de la diferencia de clase de las mujeres. Para Margarita Nelken, la obrera tiene una mentalidad más sana y espontánea, ignorante de los prejuicios y convencionalismos, se encuentra al mismo nivel que su hermano o marido. La lucha feminista de la obrera se circunscribiría a la igualdad de salarios, a la obtención de leyes protectoras. Por su parte, la mujer de clase media vive una situación en la que todo se le vuelve adverso, los prejuicios, el ambiente mezquino, "el ridículo impuesto por los necios. Su libertad de trabajo va siempre precedida de una emancipación moral, penosísima las más de las veces" (1919).

      La conexión entre feminismo y socialismo, o por lo menos la dimensión económica que resaltan estas interpretaciones feministas, puede chocar con la visión que comúnmente se tiene de que el primer feminismo surge exclusivamente en torno al sufragismo y a reivindicaciones de participación política. Este componente social en la configuración del feminismo moderno, es central si pretendemos hacernos una idea de cómo el feminismo ha ido poniendo en cuestión la definición social dominante de la relación entre los sexos, es decir, la que se lanza desde la posición de poder económico, político e ideológico, y que considera idónea y necesaria la supeditación de la mujer, para el "desarrollo social".

      Hay que tener en cuenta que desde principios de siglo las ideas socialistas, su proyecto de emancipación así como la asunción de la necesaria liberación de la mujer desde el socialismo científico, aunque con elaboraciones discutibles, se habían extendido de tal manera que como algunas feministas resaltan, a partir de ahí se produce una auténtica explosión, tanto del feminismo como del movimiento feminista (VVAA, 1980).

      Se comienza a perfilar lo que algunas feministas denominan en los 60 y 70 "feminismo radical" y "feminismo socialista" (Zillah Eisenstein, 1980). El feminismo se debate entre: la consideración de la universalidad de las relaciones entre los sexos, relaciones que al ser relaciones de poder, configuran una sociedad patriarcal en todos sus sentidos, una sociedad que inferioriza económica y políticamente a las mujeres, basándose en una ideología que entiende como natural la posición social secundaria de la mujer; o bien la consideración de que las relaciones de poder y las derivaciones que tienen en las relaciones de los sexos, emergen de la sociedad capitalista.

      Al mismo tiempo que surge esta polémica, el feminismo se encuentra con un nuevo reto por parte de las luchas de liberación nacional y anticolonialistas, que marcan el desarrollo del siglo XX. El problema se complica cuando se pretende dar explicación a la situación de las mujeres del "tercer mundo", y cómo la política imperialista sitúa a las mujeres de estos países en una situación específica.

      De esta manera la clase, el sexo, la raza (o etnia), se disputan para ser el eje de los planteamientos feministas. En los 70, nos encontramos con los enormes esfuerzos desatados por parte de las distintas maneras de entender la opresión de las mujeres y su especificidad.

      Desde la crítica marxista, desde las mujeres socialistas, el interés se centra en revisar no sólo el concepto de clase, sino el de producción-reproducción, que utilizaba el marxismo clásico. Pero sobre todo, intentarán hacer confluir el análisis radical feminista del patriarcado, y el análisis de clase marxista. La expresión "patriarcado capitalista" de Zillah Einsenstein acentúa según la autora, la relación entre la estructura de clases capitalista y la estructuración sexual jerarquizada.

      En su formulación de una teoría política del feminismo socialista, las relaciones de poder y la división social del trabajo serían los elementos de articulación entre las teorías del patriarcado y el marxismo. Si queremos entender la opresión de las mujeres, no sólo su explotación económica, plantea que "El método materialista histórico debe ampliarse hasta incorporar las relaciones de las mujeres con la división sexual del trabajo y la sociedad como productora y reproductora, así como incorporar la formulación ideológica de esta relación." (Zillah Einsenstein, 1980).

      Su propuesta acerca de las relaciones de poder incluye además el factor racial: "El poder (o su inversa: la opresión) deriva del sexo, la raza y la clase, y esto se manifiesta a través de las dimensiones materiales como de las dimensiones ideológicas del patriarcado, el racismo y el capitalismo. La opresión refleja las relaciones jerárquicas de la división sexual y racial del trabajo y de la sociedad".

      De la misma manera que ocurre con los planteamientos feministas socialistas, los años 60 y 70 también marcan un hito en el desarrollo de las teorías del patriarcado, desde una perspectiva feminista que veía en la relación entre los sexos la única determinación de la opresión de las mujeres y precisaba de nuevas formulaciones, si quería que la lucha feminista trascendiera la lucha por unos derechos legales.

      Aunque "El segundo sexo" de Simone de Beauvoir se había publicado en el 49 (traducido al inglés en 1952, donde plantea la necesidad de considerar el factor biológico de la diferencia sexual en su contexto social, económico, ontológico y psicológico), y desde el 35 se conocían las conclusiones de la antropóloga Margaret Mead en "Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas" (esta autora cuestiona la existencia de universales respecto al sexo, mostrando la sorprendente diversidad de temperamentos de los sexos en diferentes sociedades) será veinte años después cuando surjan aportaciones decisivas por parte de mujeres como Shulamith Firestone ("La dialéctica del sexo", 1970, perfila la idea de que la mujer en cuanto sexo constituye una clase, y el hombre la otra opuesta), Sheila Rowbotham ("Mundo de hombre, conciencia de mujer", 1973, donde entiende la autoridad patriarcal basada en el control sobre la capacidad productiva de la mujer y sobre su persona), Juliet Mitchell ("Woman's estate", 1974, donde, criticando la teoría socialista clásica que coloca la opresión de la mujer en la familia, incide en que la carencia de poder de las mujeres radica en ser seres reproductores, seres sexuales, individuos trabajadores y socializadores de niños, y que esta carencia de poder se muestra por tanto en todas sus actividades y a todos los niveles; al mismo tiempo, entiende que el patriarcado precede al capitalismo y que su derrocamiento no conlleva necesariamente la transformación de la ideología patriarcal), Michelle Rosaldo ("Mujer, cultura y sociedad", Rosaldo y Lamphere, 1974, destaca la maternidad como característica determinante de la organización social, las responsabilidades que las mujeres adquieren a partir de su maternidad se debe más a razones de conveniencia social que a necesidades biológicas, lo que lleva a la segregación de la esfera "doméstica" y la "pública"), Sherry Ortner ("Is female to male as nature is to culture?", en "Mujer, cultura y sociedad", llama la atención sobre la existencia de una ideología que ve a las mujeres más cercanas a la naturaleza, o como anomalías, ni naturales ni culturales, un tipo de ideología que se basa en las interpretaciones y extensiones de las funciones de maternidad de la mujer y de sus órganos reproductores; según ella, las diferencias biológicas sólo adquieren significación superior/inferior dentro del marco de los sistemas de valores culturalmente definidos), Ruby Leavitt ("Mujeres en otras culturas" en Vivian Gornick y Barbara K. Moran, "Mujeres y sociedad sexista", 1972, afirma que la clave del estatus de la mujer en cualquier parte es el grado de participación en la vida económica y su control sobre la propiedad y los productos que produce, factores relacionados con el sistema de parentesco de cada sociedad).

      Pero la profundización en la concepción del patriarcado como relaciones de poder entre los sexos y de su base biológica iban a dar respuestas diferentes: lo que conocemos como "feminismo de la igualdad" y "feminismo de la diferencia", términos que a veces no son bien aceptados por ambas corrientes al no reflejar claramente sus interpretaciones.

      Ambas posiciones se han enfrentado a la ideología patriarcal que construye la diferencia social de los sexos a partir de la determinación biológica. Los años 70 dejarán claro que toda sociedad parece presentar rasgos sociales que demarcan la diferencia sexual, pero que no todas las sociedades distribuyen los mismos ni de la misma manera los roles a desempeñar por los sexos, incluso algunas sociedades ponen en entredicho la correspondencia de la bipolaridad biológica (macho/hembra), con la bipolaridad social del género (hombre/mujer), reconociendo la existencia de categorías intermedias (intersexos). La problemática de la determinación biológica de los sexos, y del tipo de condicionamiento que supone para las mujeres, será resuelta de distinta manera por las feministas dando lugar a estrategias políticas diferenciadas de cara a la liberación de la mujer.

      Las que parten de la diferencia biológica para afirmarla de una manera liberadora, de una manera en que el patriarcado queda puesto en cuestión de raíz al entender que las relaciones de poder manifiestas en todos los órdenes sociales están instauradas sobre el dominio masculino, y la necesidad de instaurar un nuevo orden a partir de la reivindicación de la diferencia. Y por otro lado, las que defienden la igualdad intrínseca del ser humano y afirman que los atributos femeninos son construcciones sociales y culturales, rechazando la existencia de una naturaleza femenina específica, y recurriendo a la universalidad de la razón, principio de la Ilustración que debía ser reformulado a la vista de que esa razón es patriarcal.

      Las teorías que defienden la diferencia, surgen en los setenta (en 1974 la lingüista y psicoanalista Luce Irigaray publica en París "Speculum. Espéculo del otro que es mujer", se la considera la creadora de la teoría de la diferencia). Hacen de la identidad femenina el centro de sus reflexiones y estrategias, una identidad que busque un orden no patriarcal, un mundo en femenino, es así como se plantean el cambio de las relaciones sociales entre los sexos. Proponen un nuevo orden simbólico que no cancele el cuerpo femenino, una identidad subjetiva sexuada. Para ellas, las mujeres al tener una relación privilegiada con el cuerpo materno, tienen una identidad propia, una identidad que hay que construir a partir de la experiencia personal femenina. La diferencia femenina, según esta corriente, no se mide con la masculina, es decir, la experiencia de vivir en un cuerpo sexuado en femenino es distinta de la experiencia en masculino. El problema de este planteamiento es que sólo contempla como único referente de la identidad de las mujeres su cuerpo sexuado, sin tener en cuenta que la identidad de las mujeres se construye a partir de diversos referentes: la clase o la nacionalidad, y que en determinados momentos pueden ser incluso más importantes que el género.

      El "feminismo de la igualdad", que se basa en la común posesión de la capacidad de razonar, pretende la igualdad de los sujetos sociales desde la crítica al tipo de sujeto que definía la modernidad, un sujeto masculino. Desde este punto de vista se defiende la desaparición de la diferencia hombre/mujer, o al menos la construcción social de esa diferencia. Es así como se plantean una identidad colectiva "la mujer" con un carácter universalizador y transcultural.

      Conceptos como "Mujer" o "Género", que pretendían una identidad común para las mujeres, ya sea desde la óptica de la diferencia o de la igualdad, comienzan a ponerse en cuestión en los ochenta, momento en que el centro de los análisis y prácticas feministas no es encontrar esa identidad común universal de las mujeres, sino enfatizar la diversidad entre las mujeres. El movimiento feminista europeo occidental comienza a recibir la crítica de haber caído en el etnocentrismo (la visión de la mujer desde los valores occidentales) en su planteamiento de la liberación de la mujer. De esta manera se comienza a cuestionar la posibilidad de establecer una identidad colectiva de sexo o de género, y se duda de poder elaborar una teoría general de la opresión de la mujer.

      A partir de ese momento comienzan a diversificarse los temas a debate, y renunciando a la posibilidad de una teoría feminista común, se va profundizando en problemáticas concretas como sexualidad, anticoncepción, educación, trabajo doméstico, trabajo asalariado...

      Sin embargo esto no quiere decir que las corrientes feministas mencionadas desaparezcan o queden en segundo plano, todo lo contrario, se van diferenciando organizaciones feministas, planteamientos y sobre todo estrategias y políticas.

      DIFERENTES ESTRATEGIAS FEMINISTAS, ¿DIFERENTES IDENTIDADES DE MUJER?

      Desde el comienzo de los planteamientos feministas, de finales del XIX y durante todo el siglo XX, se van marcando distintos objetivos políticos y distintas estrategias de emancipación de la mujer. Hasta cierto punto, se podría decir que las primeras diferencias con que surge el movimiento feminista llegan a nuestros días. A nadie debe escapar a estas alturas la diversificación organizativa del movimiento feminista en Hego Euskal Herria.

      Si nos referimos a los comienzos, podemos identificar dos tipos de estrategias: el "feminismo liberal" y el "feminismo socialista". El primero de ellos se propone como objetivo incorporar a las mujeres al sistema democrático en cuanto ciudadanas, no sólo reclamando el voto en su momento, sino la incorporación de mujeres a los parlamentos, en principio para impulsar reformas legales que reconociesen los derechos de las mujeres.

      Por su parte, las "feministas socialistas" reconocían que la igualdad ante la ley no es igualdad ante la vida, pero dejaban a la futura revolución la liberación de la mujer. Mientras tanto, reivindicaban la mejora de las condiciones en el trabajo, y la igualdad laboral y legal.

      Hace tiempo que la igualdad jurídica, aunque sea formal se va consiguiendo, y vaciaba de sentido aquellas primeras reivindicaciones. En los 60 y 70, el feminismo gira en torno al lema "lo personal es político", y se comienzan a plantear reivindicaciones relacionadas con la opresión de la mujer en el terreno de la vida privada y los derechos individuales, cuestiones que no se empiezan a considerar políticas, sociales, hasta ese momento: derecho al control de la natalidad, al aborto, a la sexualidad libre, reconocimiento y reparto del trabajo doméstico, denuncia de los malos tratos, de la violencia doméstica y del acoso sexual en el trabajo y en la calle.

      Este tipo de exigencias del feminismo se dirigían fundamentalmente a los gobiernos, a sus legislaciones. Pero también surgieron otro tipo de reivindicaciones que tienen que ver con la actitud de los hombres, se dirigían hacia las ideas y formas de vida, no hacia las estructuras políticas o económicas, la necesidad de un cambio de actitud por parte de los hombres partía del grado de responsabilidad de la situación de la mujer que se les atribuía.

      La segunda gran expansión industrial de Hego Euskal Herria en los años 60 siguió generando puestos de trabajo fundamentalmente masculinos, a pesar del desarrollo de nuevos sectores. Esta nueva expansión del capitalismo trajo consigo el surgimiento de un nuevo movimiento obrero y el desarrollo de un movimiento de liberación nacional que planteaba una lucha frontal contra el franquismo como baluarte de la opresión nacional y la explotación de clase. Debido a las dificultades con que las mujeres se encontraban para desarrollar una actividad social y militante, estos movimientos se van conformando con una militancia hegemónicamente masculina. A pesar de ello la contribución de las mujeres en este momento fue fundamental en el apoyo a las huelgas obreras y a los presos, en la defensa del euskara, y en la extensión de la conciencia antifascista y de clase de las nuevas generaciones.

      Es a partir de los años 70 cuando se da una mayor incorporación de mujeres al trabajo asalariado (sanidad, enseñanza, limpieza...), pasando a representar un 19,5% de la población asalariada a un 28% en sólo diez años. Aquí comienza un auténtico cambio de mentalidad de las propias mujeres, al tener la posibilidad de acceder a un mayor nivel cultural y a la independencia económica.

      Durante los años de dictadura, los campos de lucha se multiplican y la lucha de masas cobra vital importancia. En esta década adquiere un gran desarrollo el movimiento vecinal. Movimiento compuesto en muchas ocasiones por mujeres, amas de casa, que impulsaron todo tipo de luchas y movilizaciones relacionadas con problemas que ellas vivían directamente en las barriadas de las grandes urbes. Así mismo, en estos años, un mayor número de trabajadoras y estudiantes se integran en las filas del movimiento obrero y del movimiento de liberación nacional. Movimientos estos que aunque reconocen la igualdad política y jurídica para las mujeres como derechos democráticos, eran presos de la ideología patriarcal dominante, primando el papel social de la mujer como madre y esposa. La izquierda mostraba enormes dificultades para integrar la liberación de la mujer no sólo en sus idearios y objetivos, sino en su actividad militante.

      La lucha política se había implantado en barrios y pueblos. Las Asociaciones de Vecinos y las reivindicaciones vecinales eran el punto de encuentro de todas las fuerzas políticas de izquierda. En este marco local comienzan los primeros núcleos de mujeres, de donde surgirían las primeras organizaciones feministas. En estos núcleos confluyen mujeres con diferentes planteamientos políticos pero con un objetivo común: hacer frente a la discriminación de la mujer desde un perspectiva clara de ruptura con el sistema impuesto. Son grupos que además de un carácter reivindicativo, tienen un papel importante de autoconciencia feminista, la vivencia individual del sexismo junto con la actitud inconformista van convirtiendo esas experiencias personales en colectivas y políticas. Una identidad feminista que no contaba con teorizaciones que estaban ya muy avanzadas en otros países. Hoy en día el proceso parece a la inversa, es decir, en los noventa el feminismo es fundamentalmente político y en esa medida parece que se va alejando paulatinamente de las mujeres individuales, la feminista no será ya una mujer que toma conciencia de su propia situación, sino que será su posicionamiento político por la igualdad de oportunidades la que fundamenta su identidad feminista.

      Para mostrar con más claridad esta hipótesis podemos analizar cómo se ha desarrollado el movimiento feminista en Hego Euskal Herria.

      La creación de diversas organizaciones y asambleas de mujeres en los diferentes herrialdes, a partir de las I Jornadas feministas de 1977: "Jornadas de la mujer de Euskadi", "Euskadiko Emakumeen I Topaketak", supone un aldabonazo importante para la consolidación de un movimiento feminista de lucha colectiva y organizada contra de la opresión específica de la mujer. En ellas unas 3.000 mujeres debatieron ponencias sobre Sexualidad, Patriarcado, Trabajo, Movimiento feminista y Alternativas, temas que van a cobrar por primera vez una dimensión pública, y que surgen de la creciente presencia del feminismo en la vida política, en las movilizaciones, y de una toma de conciencia clara por parte del movimiento feminista.

      Con el tiempo, los debates teóricos van adquiriendo mayor dimensión. Los debates en torno al origen de la opresión de la mujer o la doble militancia van a marcar diferentes concepciones y corrientes feministas, resultando las Asambleas de mujeres y la Coordinadora feminista de Nafarroa como organizaciones en las que participan colectivos con su propia perspectiva. Las mujeres abertzales, partícipes de todo este proceso de consolidación del movimiento feminista van a organizarse de forma autónoma.

      En 1984 se celebran las II "Jornadas Feministas de Euskadi", organizadas por Asambleas de mujeres de Euskadi y Aizan! en ellas se abordan las siguientes cuestiones: Mujer y trabajo, Mujer y Ciencia, Mujer y violencia, Salud, Sexualidad, Movimiento feminista, este último será el tema más importante ya que constatará la diversidad y las dificultades de un movimiento feminista homogéneo en planteamientos y formas de organización.

      Es interesante detenerse en el ambiente que precede a las III "Jornadas feministas de Euskadi" de 1994. Las reflexiones acerca del movimiento feminista de su situación y futuro, y del poder, serán las centrales acompañadas de talleres específicos como mujer y trabajo, coeducación, mujer y tortura, mujer y cárcel, sexualidad, reproducción, violencia, mujer y SIDA, mujer y medios de comunicación.

      Desde que se anuncia la celebración de estas jornadas, se publican algunos artículos que recogen la opinión de mujeres feministas sobre la situación del movimiento y en general sobre el nivel de conciencia feminista en Hego Euskal Herria, en los que se respira una sensación de crisis, de que al feminismo no se le ve, no se le oye. Resumiendo esas ideas destaco las siguientes: aunque el movimiento feminista ha conseguido "revolucionar" nuestra sociedad, el feminismo de los noventa no es como el de los setenta, aquél movimiento radical, revoltoso y callejero ya no se le oye. Lograda la igualdad formal no sabe cuál es la contradicción principal, ni si existe, ha fracasado en el intento de construir una solución política global. La situación de crisis no ha sido permanente hay una pérdida de memoria histórica. Parecía que lo que teníamos en común era el sexo, pero nos tuvimos que enfrentar a la categoría clase y nación que nos diferenciaba. Tenemos un movimiento feminista difuso, no articulado. El fracaso del feminismo puede ser político, pero no social, muchas veces que se ha anunciado el fin del movimiento ha resurgido por donde menos se esperaba. Hoy interesa a algunas feministas más la transformación de la naturaleza del poder (desde dentro por supuesto) con una visión más pragmática, realista, que los horizontes utópicos que identifican propios de los años dorados del feminismo "callejero". El feminismo está harto, se ha dado un atracón de derechos sobre el papel, cambiar los hechos y no los derechos.

      El feminismo ha politizado aspectos que no se habían tenido como tales, lo personal. En los noventa, la democratización e institucionalización de alguna manera arrincona a los movimientos sociales, profesionaliza la política y la gente se ocupa de sus cosas procurando buscar gratificaciones en lo privado. Este proceso afecta al movimiento feminista. Las políticas institucionales no son resultado de la presión feminista sino que son las más oportunas para las administraciones.

      Las feministas no somos un referente para las mujeres, la diversidad de las mujeres ha roto el modelo de mujer que el feminismo había fabricado.

      La identidad como mujeres, la que se basa en la marca sexual, es uno de los referentes con los que cuentan las mujeres, pero no es la única ni la fundamental, nacemos en un contexto determinado, en un pueblo, nación o cultura determinada, en una clase social, en una generación, todo ello conforma las circunstancias que nos diferencian a las mujeres en las formas de comportarnos, de pensar, nuestras expectativas, nuestra actitud ante la realidad, nuestra identidad. De ahí el cuestionamiento del feminismo actual en cuanto propuesta liberadora y generadora de una nueva identidad para las mujeres, no sabe muy bien a quién dirigirse.

      El repaso que hemos hecho a los referentes de identidad con que contamos en la actualidad las mujeres en Euskal Herria ha intentado contraponer un modelo dominante basado en la diferencia biológica readaptando sus fundamentos tradicionales basados en la reproducción, con un modelo que lo transgrede situando la diferencia en lo social.

      Aunque como tales estereotipos os resulten un tanto alejados de lo que cada una de las que estáis aquí vivís, ninguna desconoce la precariedad social de las mujeres, o de algunas, ni tampoco la forma tan diferente con que las mujeres reaccionamos ante ella.

      Hemos comentado la pluralidad y los cambios en que ambos modelos han derivado. Me gustaría que la última reflexión se dirigiera hacia cómo seguir construyendo una identidad de mujeres que insatisfechas con la situación se convierten en sujetos de su propia historia.

      Incidiendo en esta cuestión, sólo resaltar que una identidad feminista de este tipo hoy en día implica una toma de conciencia más política que personal, fundamentada en la denuncia de las discriminaciones sexuales existentes como reflejo de una relación de desigualdad entre los sexos que no se ha superado, y que tiene muchas probabilidades de reproducirse si no tomamos cartas en el asunto.

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